Andábamos por las viejas calles de la ciudad.
Había un callejón demasiado estrecho, por donde mi alma no cabía. Pero la de él sí. Porque se había olvidado de que existía, porque ya no le pertenecía. Y la mía, que nunca deja de estar a mi lado, decidió dar la vuelta y dejar que él se estrechara y anduviese por esas zonas frías.
lunes, 29 de diciembre de 2014
martes, 23 de diciembre de 2014
Y como cada viernes, me senté en la silla más lejana en la taberna. Pedí, como siempre, dos cervezas, una para mí y otra por si decidías venir.
Se abrió la puerta del bar, y sabía que iba a ser especial, porque aparté la mirada de mis manos y la fijé en sus ojos.
Se sentó al lado de mí. Vestía de negro, con una gabardina larga oscura, y unas botas poco comunes. Labios rojos sin carmín.
-Soberano, por favor.
Me enamoré de ella.
A veces miraba de reojo y me parecía verla bailar sin moverse.
Imaginaba cuál sería su nombre, pero no creía poder acertar.
Se parecía mucho a mí.
Y yo, como cada viernes. Con traje y gabardina, y mis zapatos de charol más caros y viejos, aunque lo último siempre ha sido un secreto.
Para las tres yo ya iba servido, y ella con unas copas más encima, y también más cerca de mí.
Se levantó. Pagó y abrió la puerta sin girarse, aunque sus pies marcaron la dirección de a dónde iba para mí.
Apuré la cerveza de un sorbo.
Se abrió la puerta del bar, y sabía que iba a ser especial, porque aparté la mirada de mis manos y la fijé en sus ojos.
Se sentó al lado de mí. Vestía de negro, con una gabardina larga oscura, y unas botas poco comunes. Labios rojos sin carmín.
-Soberano, por favor.
Me enamoré de ella.
A veces miraba de reojo y me parecía verla bailar sin moverse.
Imaginaba cuál sería su nombre, pero no creía poder acertar.
Se parecía mucho a mí.
Y yo, como cada viernes. Con traje y gabardina, y mis zapatos de charol más caros y viejos, aunque lo último siempre ha sido un secreto.
Para las tres yo ya iba servido, y ella con unas copas más encima, y también más cerca de mí.
Se levantó. Pagó y abrió la puerta sin girarse, aunque sus pies marcaron la dirección de a dónde iba para mí.
Apuré la cerveza de un sorbo.
lunes, 22 de diciembre de 2014
¿Cuándo te cansaste de verla girar?
Has crecido. Tus manos se han hecho más largas. Tu pelo está más despuntado y menos brillante. Tus labios están más agrietados y tu piel más envejecida.
Te sientas en el borde de la cama, y sacas una vieja caja hecha del polvo que tú has creado, que hay debajo de ella.
Ahí está. Ahí la ves.
La caja musical a la que siempre dabas cuerda, para que la bailarina girase, y girase sin perder el compás, ni la cabeza. ¿Cuándo te cansaste de verla girar, sonriente? O de darle cuerda...
Y al final, te das cuenta, que todo acaba, o si no, te cansas de todo. Que olvidaste a la bailarina como olvidaste a otros, como otros te olvidarán a ti. Que los juguetes que regalaste a tus vecinos hoy los echas de menos, pero los que tienes encerrados y acumulando polvo, no sabrías decir cuáles son. Que somos así. Que nos cansamos de dar cuerda, incluso sabiendo que con eso hacemos girar a alguien, y hacerle feliz. Y ahora no digas que eso "es cosa de niños", pero aquella bailarina está en todas partes, quizá también eres tú, quizá también está dentro de ti.
jueves, 18 de diciembre de 2014
No te fíes de los espejos, que no saben con quién estás.
Te sonrío, y sé que me estás mirando. Y en las noches de invierno me encanta acariciar tu piel desnuda, mientras me besas.
El espejo no te refleja cuando siento tu aliento a mi lado. Y suspiro.
A veces tengo miedo.
Quizás existas.
Quizá sea yo.
Quizá no.
Pero solo la brisa puede decir que estás, porque ni tú ni yo podemos. porque ella se ceba contigo, porque pasa sin tocarte y no eres ningún objetivo que esquivar, porque no te veo cuando ando, pero te siento cuando no te puedo besar.
El espejo no te refleja cuando siento tu aliento a mi lado. Y suspiro.
A veces tengo miedo.
Quizás existas.
Quizá sea yo.
Quizá no.
Pero solo la brisa puede decir que estás, porque ni tú ni yo podemos. porque ella se ceba contigo, porque pasa sin tocarte y no eres ningún objetivo que esquivar, porque no te veo cuando ando, pero te siento cuando no te puedo besar.
martes, 16 de diciembre de 2014
¿Ves una luz?
Comienzas a pensar que el paracaídas en realidad, nunca se abrió.
Entonces suspiras como si estuvieses vivo, o como si nunca te hubiese hecho falta resucitar.
¿Estás muerto? Eso nunca lo sabrás. Ni si quiera cuando lo estés en verdad.
-¡Ya está bien! -Gritas. Como si a caso eso algo lo pudiese cambiar.
¿Buenas noches, descansa?
Entonces suspiras como si estuvieses vivo, o como si nunca te hubiese hecho falta resucitar.
¿Estás muerto? Eso nunca lo sabrás. Ni si quiera cuando lo estés en verdad.
-¡Ya está bien! -Gritas. Como si a caso eso algo lo pudiese cambiar.
¿Buenas noches, descansa?
miércoles, 10 de diciembre de 2014
¿Y qué harás?
Las chimeneas vierten confetis grises, y los cromos se despegan de la pintura azul.
Las persianas bajadas, que no nos moleste la realidad de la noche. Mejor enciende una luz que no sea natural, no les vaya a gustar.
Los ojos se hacen más grandes mientras la venda que nos ponen es más ancha. ¿No tendrás unas tijeras en la caja fuerte prohibida?
Podríamos alimentarnos de libros y no de comedia, podríamos dejar que la leche hirviese sin preocupación, que quemarte los labios suena bonito, y mejor repitiéndolo, sin prisas.
Podríamos pasarnos con en azúcar en el café, o incluso no añadírselo.
Quién sabe. Podrían quitarnos las esposas los que tienen la llave.
Las persianas bajadas, que no nos moleste la realidad de la noche. Mejor enciende una luz que no sea natural, no les vaya a gustar.
Los ojos se hacen más grandes mientras la venda que nos ponen es más ancha. ¿No tendrás unas tijeras en la caja fuerte prohibida?
Podríamos alimentarnos de libros y no de comedia, podríamos dejar que la leche hirviese sin preocupación, que quemarte los labios suena bonito, y mejor repitiéndolo, sin prisas.
Podríamos pasarnos con en azúcar en el café, o incluso no añadírselo.
Quién sabe. Podrían quitarnos las esposas los que tienen la llave.
Sabía a café.
Llegué a la estación de tren, y me senté en el primer banco que vi con peor pinta. Las tablas por la mitad y la pintura casi visible si no fuese por las pintadas de alguien.
Se acercó un hombre de traje nuevo, pero sombrero viejo. Se acomodó al lado mío.
-¿Fumas?- Dijo aquel.
-Buena forma de entablar conversación- Pensé yo. -Sí- Respondí mirando sus manos.
-Ten, invito yo a este- Respondió. Como si a caso nos fuésemos a fumar más de uno.
Me preguntó mi nombre, me miró a los ojos y se quitó el sombrero.
-Un placer habernos conocido- Dijo sonriente.
Me entregó su sombrero, y se fue sin decir -me debes uno-.
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Despedida.
Las cortinas han vuelto a dejar que se asomen tus pies por debajo de ellas.
He quitado el espejo que había en la pared de mi cuarto, me da miedo mirarme y verte en mis ojos, aunque aún más no verte, porque ya no habrá rastro de nosotros.
He pintado el lienzo de blanco y negro, no quiero volver a ver el color de tus ojos, porque son mucho más bonitos cuando está en mis sueños, porque puedo tocarlos, porque puedo asombrarlos detenidamente, mientras sin querer suena un piano de fondo, acompañado por su amante violín.
He quitado el despertador de las ocho menos cuarto, porque cada vez que nos acercamos a una hora justa, me acuerdo de ti.
He quitado y he puesto cada trozo de mí,
para saber cuál hace falta para no acordarme de ti,
para entender que el viento siempre marcha,
y nunca tocamos algo de la misma manera
en la que lo dejamos caer.
Para saber, que hoy es hoy,
y que por su culpa ha dejado ser ayer.
He quitado el espejo que había en la pared de mi cuarto, me da miedo mirarme y verte en mis ojos, aunque aún más no verte, porque ya no habrá rastro de nosotros.
He pintado el lienzo de blanco y negro, no quiero volver a ver el color de tus ojos, porque son mucho más bonitos cuando está en mis sueños, porque puedo tocarlos, porque puedo asombrarlos detenidamente, mientras sin querer suena un piano de fondo, acompañado por su amante violín.
He quitado el despertador de las ocho menos cuarto, porque cada vez que nos acercamos a una hora justa, me acuerdo de ti.
He quitado y he puesto cada trozo de mí,
para saber cuál hace falta para no acordarme de ti,
para entender que el viento siempre marcha,
y nunca tocamos algo de la misma manera
en la que lo dejamos caer.
Para saber, que hoy es hoy,
y que por su culpa ha dejado ser ayer.
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